Los presagios

¡Ay!, quiero ser sanado, 
acabo de entregarme 
a esta vida.
No quiero ya, 
que me envíes 
otro mensajero,
que no saben 
decirme, 
lo que yo quiero.
Una música silenciosa,
murmura mis secretos,
he perdido el sigilo,
ante todo, lo que llega.
no sé si decir,
que es una dulce amenaza,
o una sonrisa triste,
viendo que mis mundos,
derrumbados quedan.
es una amenaza.
donde todos ven 
los temblores de la ilusión,
a mí se me abre los misterios
de las negras sombras,
envueltos vienen
en los mejores oropeles,
mas yo,
solo veo, 
en las lontananzas 
del cielo,
nimbos de niebla,
que ciegan nuestros ojos.
Ese misterio de la vida, 
ese enigma de luna,
donde todos ven alegría,
los sonámbulos
solo vemos ojos en blanco.
En donde todos van viendo esperanzas,
yo solo veo una época que muere,
los córvidos se abalanzan 
sobre mi cabeza,
me sacudo, 
como puedo.
algo se va, 
algo viene,
pensando 
en la noche callada,
que haga que las 
las espadas 
bajen de una vez
esta marea de silencio,
esta congoja, 
que te sacude,
te haga salir de lo oculto,
espantando 
este abismo, 
que espantado me tiene,
que esta profunda respiración,
acabe ya de una vez,
con tanta angustia.
Quisiera entrar
en la sala de los vidrios,
donde dos hombres,
provistos de herramientas inútiles,
van librando su batalla
con el suave esqueleto blanco,
que pesa como la gran amenaza,
recubriendo la sala de un blanco, 
que tiritar te hace 
temblar todo cuerpo,
ni siquiera la luz de la luna,
te hace soportable
la turbación que padeces,
ves nada más que 
los dientes blancos de hombres,
que asesinar quieren
toda mi sangre,
que revuelta anda,
sin saber dónde caminar.
Voy perdido, 
voy perdiendo
 lo mejor de mí mismo, 
esta locura mía, 
estas presencias enfermizas,
esta revelación profunda,
esa pequeña luz,
que brota, 
más allá de las ramas,
muertas todas las lunas,
necesito que mis silencios,
escuchados sean, 
cerca de mis oídos, 
pronunciados por vuestros labios
¡Ay esperanza!, 
que la muerte
conviertes en vida,
que todo lo que fue 
agotamiento, 
ya se canso
de volverse 
a  sí mismo,
para volcarse mis ojos cerrados
en abrir otros ojos, 
sediento del hombre,
que no quiere huir 
de sí mismo
para que sean ellos,
los guijarros,
que se posen,
en los caminos,
de este mundo.

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