En esta tarde dominical
Tarde vespertina dominical,
donde la luz del sol
No apareció,
espesura de una niebla llorona,
que me trae gotas lacrimosas
de mi juventud perdida,
para reposar sobre mis
sentidos juiciosos,
ese paño de sangre,
que recubre mi cabeza,
por donde segregan
heridas terribles
de tiempos perdidos.
Corazón dilatado,
corazón sediento,
corazón esperanzado.
en esta fría habitación,
débil aún,
convaleciente, extraño,
sordo ya voy a quedando
a las voces de mi corazón.
Espantado me he quedado,
llegando de esa juventud,
quise comer todo,
pasto de los tiburones fui,
quede maltrecho,
malherido,
ofuscado,
queriendo salir
de mis giros
al único árbol,
sobre el que
girar,
quise,
toda mi vida,
pocas palabras aprendí,
sucesos de tantos estragos,
sombras,
heridas,
por doquier,
sed, llanto
por la lujuria no encontrado,
me derramo
en mi postrera madurez,
fruto de un licor airado,
con la sangre hirviente
de un caballo fogoso,
apretando el agua
con mis muslos,
haciendo de este
tiempo,
el tiempo de la pasión,
de la paz encontrada,
que me sostiene
en el tálamo
del lago de nenúfares,
que mi amada
prepara,
listo para mí,
cuando llegó
quebrado,
esperando un algo,
un alto sueño,
entre tantos
incesantes fracasos.
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