Una carta para Manuela
Querida Manuela:
Te narro con quince años de retraso, para dirigirme de una vez a ti, una carta, que debería haber escrito algunos más atrás, para hacerte constar de lo que han sido los meses peores de mi vida, tu ya no puedes cambiar, a mí se que han hecho cambiar, mas guardando todo lo que tu me dejaste de legado.
Deletreo estas líneas, imaginando que tu lo pudieras hacer, con ese beneplácito y ternura, tan propia de ti, cuando yo estaba con mis trastadas, seguramente desde el conocimiento, de tantos años juntos; al mismo tiempo sé, que si la pudieses leer, no la quitaría un un ápice de trascendencia, ya sabes como soy, ir de lo más bajo hacia arriba, hacia lo más bajo en un instante, para volverme a subir por las nubes, raudo y veloz, en gran parte por el sostén de tus recuerdos.
Año y pico, muy duro, pero que muy duro, he vivido situaciones increíbles, tan desastrosas, a la vez un aprendizaje instantáneo, me han conducido a un estado actual, en disposición de afrontar un futuro mejor
Esta afán de supervivencia, en la que no ha sido fácil llegar, un aprendizaje no venido del cielo, es el fruto de muchos años, donde tu legado has sido uno de los más fundamentales de mi vida.
Y en este breve tiempo ha explotado, como si una bomba fuera, hizo que mi vida saltara por los aires, tomando las peores y las mejores decisiones, en el tiempo de un crujido de dedos, me ha hecho comprender lo mucho, que he conservado de ti.
Siempre fuiste fuerte, aunque tu creyeses que “no puedo” (cuántas veces escuche esta clásica apostilla), haciendo de tu debilidad, tu fortaleza, cuál yo era un elefante en cacharrería; a cada caída, levantaste, en tu existencia rendición nunca hubo, hasta las lagrimas desaparecían, a pesar de tocar alguna vez el fondo; incluso una vez tiraste la toalla, para luego volverla a recoger, cuando estabas a rastras; aprendí de ti, en esas circunstancias, que desde el dolor, solo serás consciente de los buenos momentos
En estos últimos días fatales del encierro, por ese virus, que anda desolando a todo el mundo; los recuerdos de Barbate, de Caños de Meca, acuden en estas mañanas a galope, desde nuestro viaje desde Madrid a como hicimos nuestra tienda campaña, nuestra primera vez en una playa, donde sentimos los primero roces de nuestra vida, y donde siempre nos refugiamos tu y yo, cuando los vientos de la vida nos crujían duro.
Esos recuerdos, más otros más, son los que me han hecho vibrar toda mi vida, ya forman parte de mi propio ser, sin duda alguna esa estancia en la playa, fue nuestro motor de arranque, para tomar la decisión de vivir juntos, para que aquello, como tu me decías con tu frase “que esto no sea flor de un día”, esos días de baños nocturnos, después de una cena, a la luz de las estrellas y la luna, fue la manera de que tu llegases a forma parte de mi mismo.
Otra de tus frase preferidas era “no quiero olvidar todo lo aprendido”, y es que muchas veces, en esta vida tan instantánea que vimos, de tantos sorbos inmediatos, por eso es que escribo esta carta, para hacer una breve mirada a mi vida, en tanto que el olvido, para lo bueno y lo malo, es el mejor profesor de la vida, para vivir lo bueno, hay que saber vivir lo malo, no consiste tanto llegar lo más alto, sino más bien, como llegas, y que una caída no te lleve de nuevo al más oscuro de los fondos, sin pensar que hermoso es el caminar.
Tan bajo caí, que ahora valoro más lo que tengo, mis amigos a un paso los tengo, mi poca familia, ahí los tengo también, más satisfecho de mis pequeños logros, y comprendiendo, de una vez, que este ser, que anda en continúa guerra consigo mismo, le tiene afecto tanta gente
y en vez de analizarte, empiezas a sentir, ya te haces proyectos absurdos, vas saliendo de paso, como mejor puedo, se que siempre me he impuesto muchas exigencias, pero esos retos me han sido fundamentales, por eso me río, cuando ahora recuerdo, que te decía que no me veía capaz de escribir ni un solo párrafo en mi vida, ahora escribo mucho desde hace unos pocos años, eso sí, como siempre he sido, un poco soy como el río Guadiana, eso sí, Manuela, me siento ya un poco más cerca de mí, consciente de que algún día llegaré a lo más profundo de mi ser.
Se que esta carta a ti no llegará, pero llegará a mi, al tiempo que otros destinatarios, sabrán de ella, es que quiero que nada de lo que te digo aquí, no se olvide, alguna enseñanza creo que se puede sacar, te mando desde este duro, atronador presente, de nuevo, un fuerte abrazo, un buen achuchón, de este disperso ser humano, que muy tarde empezó a quererse, respetarse, y a aceptar y acoger con los brazos abiertos todo lo bueno que le da la vida, que ya la vida te da las suficientes hostias, para que te golpees con el suelo.
Sin más despido, desde mi solitaria habitación, esperando que mis esperanzas no se desvanezcan, en las que tu fuiste importante en mí vida, por eso estas líneas, que dirigidas a ti, me las mando a mi, en tanto que tienes un inmenso salón en mi corazón.
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