Un mundo en un segundo

Como cualquier otro día, caminaba por la calle, solicito a ocupar una mesa de porcelana, de mi cafetería vespertina, cuando percibí que una mujer me había examinado de arriba abajo, por encima de sus gafas modernas, abandonando la lectura de su revista.

De esta manera, este día, abandonaría mi ritual de andar absorto en la lectura de mi periódico, solo de cuando en cuando, ligeros vistazo, por encima de mis gafas, para comprobar que personas ocupaban las mesas, siendo así que, también, agitaba mi mano, saludando a otro de los clientes habituales

Entre las sillas de madera, esos barrocos marcos de los grandes ventanales, la luz pálida de las lámparas amarillentas, percibí unos ojos verdes, que como un sol que quemaba mi cara, sosteniendo la revista con sus manos, pintadas sus uñas de diversos colores, en donde sobresalían los azules y violetas.

Esta vez, como tantas otras, tropecé en el escalón de la puerta de entrada, justo en el lado izquierdo, al lado de un gran ventanal, justo enfrente del otro lado del café, donde yo habitualmente me sentaba, con una edad, a simple vista, alrededor de los cuarenta y tantos años, eso sí, para esto de las edades, soy un total desastre

La separación entre la dos meses, un poco de dos metros, y claramente por debajo de los tres, haciéndose notar evidentemente su potente mirada, y siendo sincero, jamás en mi vida, me habían mirado así, lo que hacía que yo tampoco pudiera apartar la vista de ella.

En esas fracciones de segundos, que se me han hecho eternos, en mis recuerdos, ese encuentro de nuestros ojos, noté que era algo rellenita, justo en ese peso, que deja de ser una mujer flaca, una rostro latino, de esos que quitan el hipo, y esos cabellos largos y rizados, que llega a la altura de sus hombros.

Mientras ella se acomodaba su mirada, continuando mirándome con una elegancia seductora, mientra yo me acomodaba, en mi silla, para que no cupiera duda, que yo quería sostener ese cruce de miradas, ella, sin el menor recato, pestañeó, bajando suavemente sus párpados, con una lentitud maravillosa, donde hacía que lucieran sus hermosas pestañas, se asemejo dichas escena, a cuando extendemos unas sabanas en la cama.

No hace falta decir, que convocamos muchas miradas sobre nosotros, nadie puede quedar al margen de situaciones como esta.

Y como soy como soy, un suave rubor recorrió mis mejillas, buscando andaba mi cerebro el inicio de una conversación, y como era imposible, que desde mi silla habitual, es imposible, a no ser que me expresará con voces a grito pelado, no sabiendo que decisión tomar, incluso pensé mandarle una estrofa de Whitman, Neruda o Lorca, pero ninguna de ellas me pude acordar, en ese preciso momento.

Para evitar que siguiera viendo mi rubor, baje mi mirada, acomodando la silla, y dejando mi par de libros y el periódico en la mesa de porcelana, en ese instante uno de los camareros de local se acerco a ella, acercando en un platillo las vueltas, de lo que hubiera pedido, donde pude escuchar un gracias, levantándose de su silla, y como se nada hubiera pasado, esa diosa instantánea se levanto y se fue.

Una vez más, en unos segundos de tu vida, un mundo entero cae sobre tí en un segundo frugal, y creyendo que andas en una eternidad, otra vez se te escapa de los dedos de tu vida, desgraciadamente no sabes si hubieras tenido que llegar antes, o más tarde, para no tener ahora la turbación de aquella mirada, o vencer de una vez por todas, esta maldita timidez


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