Un obrero ha fallecido



Inacabada quedaros mis últimas palabras, mis últimas silabas, pequeños bisbiseos, sin significado alguno, flotando todavía en la habitación, de aquel hospital, que, haciendo tanto calor, yo solo podría sentir el frío, situad entre una ventana y el recipiente de flores, que ni siquiera merecía el nombre de jarrón
Suspendidos quedaron mis dedos, mis ojos, dibujando, en las sábanas blancas, con tu bolígrafo destartalado, la inicial de tu nombre, esa J, que ni jota parecía, y donde resonó en tu habitación, resonó un ¡No!, tan agónico, rematado, con tu taco preferido ¡Puta mierda de vida!  
Creía yo, que, con mantenerle los ojos abiertos, bastaría para que la muerte le llegara, se los abrí hasta que parecieron, que las orbitas se salieran, pero esa maldita noche, ni tu compañía, ni mis músicas, ni mis lecturas, pudieron hacer otra cosa, que certificar tu ultimo halito, tu ultima y postrera mirada, con tu sonrisa irónica
Ayer pensaba todavía, en aquel maldito sábado, en el que yo, por primera vez, en mi vida laboral, no iba a estar contigo, la enfermedad de mi mujer, me preocupaba en aquellos entonces, siendo yo, el que realizaba las faenas de la casa, mi hija le era imposible estar ese día, su contrato precario, le impedía hacer el cambalache de cambiar el turno del sábado, y esa maldita mediodía, me sacudió otro puñetazo, un compañero del curro, me aviso de tu accidente.
Menos mal que trajeron al hospital cercano a mi casa, me podría permitir la visita aquella misma tarde, pero un dolor intenso me empezó a torturar toda la tarde, ni siquiera la siesta pude echar, esa dura sensación, de discutir, de echar el cigarro rápidos y veloces, hablando de mujeres y futbol, y de los lejano que andaba el mundo, de nuestras voces, un fuerte dolor de estómago, me quería hacerme morir.
Llegando al hospital, ahí vi a tu silenciosa mujer, si la cara es el espejo del alma, otra vez e diste cuenta, ya te ibas haciendo a la idea, pero nada ni nadie, te podría llevar la contraria, querías volver al bar con él, para que nos diéramos collejas, cuando ganaba el Atlético, o cuando ganaba el Madrid.
Ni siquiera el doctor, te hizo descabalgar de estos pensamientos desordenados, cuando te dijo “tiene aplastado el cerebro”, desde ese día mi cama dejo ser mi cama, y tu cuerpo, tus manos, iban adquiriendo el color del hospital, en esa horrible combinación de blancos y verdes, colores a los que empecé a aborrecer con todo el dolor de mi corazón.
Por la noche empecé a llorar en silencio, solo suaves lágrimas, rodaban por mis mejillas, a la cuneta de mi vida, no sentía las convulsiones, que otras veces tuve ante la muerte, será que nos acostumbramos a todas las situaciones, desde esos días, incluso aprendía a hablar sin ruidos, y sin voces.
Ahí me di cuenta de tu profundo aprecio, cuando mis mejillas andaban inundadas, las tuyas también inundadas, no nos atrevíamos al secarlas, era nuestra forma de decir que estábamos vivos, tú también
Por la noche llorabas en silencio, sin sollozos, sin convulsiones, solo lágrimas que rodaban suavemente y sin ruido alguno por la almohada, en la sala común donde la luz verde de las lamparitas marcaba surcos sobre las mejillas y bajo los ojos de los enfermos que tenías al lado, no andabas solo en esa solo, viste al menos seis o siete, unos duraban poco, otros duraban más.
Y venían recuerdos de la fábrica, a mí, y supongo que, a ti, en aquella planta, todos haciendo el mismo gesto, día tras día, uno detrás de otro, todos en el mismo cubículo, más aislados todos, el uno del otro, cada uno con su mundo a cuestas, como era los que trabajaban en el hospital, todos con sus mismos gestos, todos con su misma monotonía, todo el día lo mismo y a las mismas horas...
Todos me miraba como un señor extraño, que hace es hombre, velando a un hombre que andaba dormido, incluso algunos pensaban que andaba muerto, pero nadie oso fijarse, que su mejilla andaba inundada de sus lloros silenciosos, y pasaba lo mismo en el hospital, que, en la fábrica, y cuando salimos de cañas, nadie quiere hablar de su trabajo, llegando muchos ni a darse los buenos días.
Ya no querías hablar, solo querías acordarte de algo pero no sabía de qué, se conoce que no tenia de que acordarme, la fábrica  se llevaría tus recueros, tu juventud, tus horas, tu pujanza, tu amor a lo que hacía, a la parte más importante de tu vida, solo llevabas tras de ti, el agotamiento mortífero de aquel trabajo rutinario, realizado durante treinta y cinco años, justo cuando empezaste a ilusionarte, solo te faltaban cinco años para cambiar de vida con tu jubilación, yo me quede solo, Joaquín, a  mí también me ataco el virus de las sábanas blancas, por eso te invoco, como una de las mejores partes de mi vida, ahora todavía son los tiempos peores.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al rio Manzanares

Sueños

Me pregunto si existo