Ese negro corcel


Cuantos golpes me viene dando esta vida,
que tan magullado tiene mi corazón,
 resaca de todo lo sufrido,
emponzoñando esos veintiún gramos,
que perdemos cuando morimos.
en este sinvivir, abriéndose van
profundas zanjas,
cual caballo de Atila,
un corcel negro, en estampida,
asolando caminos,
magullando nuestros cuerpos,
por las piedras, que sus cascos
levantando van.
Estando en un grito
hasta la sinrazón tu alma,
cruel destino en donde los blasfemos,
como irredentos fariseos,
irrumpieron el templo de nuestra vida,
convirtiéndonos en puras mercancías,
volviéndonos, como un canto rodado,
en seres humanos, pobres pobres;
nuestras miradas furibundas,
en fuego se convierten,
sólo con sentir una palmada,
sobre nuestro hombro,
todos van creyendo que
nuestras manos son ya
porta navajas.
Todos heraldos del nuevo orden
te hacen crujir, cada día,
no me siento ya con fuerzas,
de seguir bebiendo en este cáliz
I
Voluntario soy, marchando a morir
mi débil corazón, esta vida
tornado una cruel agonía,
no puedo aplaudir, ni siquiera correr,
solo puedo escribir,
lloro, atisbo, destrozo,
estallando va estos pechos rotos,
donde venimos, donde vamos,
se tornaron, otra vez,
las grandes preguntas,
convertidas las calles
en el gran crematorio
me detengo sólo a tocar
este vaso de sangre espesa,
y cual dogal de mi cuello,
una soga apriete este
odio animal,
cuando solo deseo,
vapores de alegría.
ya no puedo concebir nada,
Solo deseos de renunciar, a veces,
a mi condición humana,
donde una piedra me va aplastando
todo resquicio de esperanza.
Un día nuevo se levantó,
los luceros iluminaron
de azul, un nuevo día,
apagando van sucesivas pólvoras,
otras emergiendo van,
portando candados, que los opresores
hicieron, para arrastrarnos
por los duros pedregales,
las esperanzas, en las cunetas
¡Muerte y pasión de paz, esperanzas del ser humano!       
aliento seco, candado en tu pecho,
En tu corazón, el recuerdo de tus muertos,
y como Cervantes:
"Mi reino es de este mundo, pero también del otro";
descubriendo a Goya, postrado de hinojos;
muriéndome que muero, como Teresa.
Solo animado vas, cuando, mirándote en el espejo,
que solo desde el dolor, se puede salir,
 cuando sepamos descifrar las amargas contraseñas.
Convertido, en un agitador, de piedra inmóvil,
sacrificándome, apartándome,
para encontrar ese líquido incombustible,
de enloquecimiento maléfico.
no sabemos cómo parar este negro corcel.
En esta gota del universo, seres humanos
muriendo van, en una frenética carrera,
hacia la pobreza, hacia la miseria,
con sus intimidaciones organizadas,
tanto en las calles, como en el pensamiento.
vanos esfuerzos se realizan, lentos los días
se encumbran
donde las palabras
ya no se construyen.
Fabuloso mendigo de secreción de sangre,
caída cruel de mis labios
si así tuviera sentido, si con ello
germinara en una bella flor primaveral,
descansaré andando al pie de esta carrera,
sollozos y cantos surgirán ahora,
que cantados en el futuro permanecerá,
cuando la muerte muera,
los sabios dejarán de ser sabios,
los ignorantes dejaran de ser iletrados.
Ajustando un mañana de quehaceres con figuras soñadas,
forjando estas torpes líneas, nuevos voluntarios,
que hagan crujir los angostos pedregales,
donde no pueda cabalgar el corcel negro,
trabajarán todos,
engendrarán todos,
comprenderán todos,
cubiertos de polvo,
darle una dura quijada
a este cainismo irredento,
que brota en nuestros días
alma coronada de guijarros,
en Madrid, en España, en Europa, en el Mundo.
Andan llamando a matar a esta cabalgadura azabache,
que sus chispas en las piedras quemando va
algunos libros, algunas palabras, que ya nadie escucha,
es que nos vamos matando, solitarios todos, sentados
en un sofá, mirando una pantalla.
II
Una batalla escucho en mi mente,
la mirada del lobo me acecha bajo mi piel,
mirando los humos de esta ciudad,
añadidura clamorosa y penoso humo,
¡Oh vida! ¡oh tierra!
Cuantas avenidas de sangre surgen a tropel,
quizás mañana hasta el agua marina
sea el gran sumidero de nuestras sangres,
sangres muertas de sangres vivas.
Esos seres, que se mataron en la vida,
paridos por la muerte, labradores que
hacen surcos en nuestros pechos
con sus arados.
Son los mismos seres, que conocen
rl gran secreto del campo: ¡nada vale tanto
como una gran raíz en trance de otra!.
Sentado andas, apoyado en tu cayado,
con el alma ya en retiro acodado a mirar
el caber de una vida en una muerte,
que no haya tierra donde se sienta
el peso de tu arado,
los lobos oteando el padecer
como se contiende entre todo,
como descubrir seres humanos.
incluso entre animales,
que señores serán algún día,
los individuos seres humanos
III
Mesnadas de grupos, retroceden,
armados de hambre, en grupos de a uno,
blindados van desde la cintura hasta la frente,
por el duro pedregal,
ya no escucha, aviones, guerras.
Desprovisto de rencor,
ganando, perdiendo terreno,
ya no se ubicar las
tierras que me alumbraron,
ocultando su beso al orbe,
o donde plantar su olivo,
donde su duelo fluye emergente,
observa la gran batalla, donde
ancianos, madres e hijos,
cuerpos débiles no quieren ser,
sus voces quisieran llegar
a todos los frágiles.
Los muertos inmortales
ni sintieron, ni vieron, ni oyeron,
tanto ha calado el mal,
prosiguieron con sus condenas pendientes,
solo pudieron acabar de llorar, de esperar
de esperar, acabaron de sufrir, acabaron de vivir,
¡acabaron, en fin, de ser mortales!
Los signos de los nuevos tiempos
Cruzándose van, explosiones salen al paso,
Un cielo negro, oscuro, nos turba
bajo el mal, bajo el miedo,
 bajo la historia hundida, inconfesable,
donde el pánico se transmite
de padre a padre, de tu hijo a tu hijo,
al tiempo que el ancho mar huye del mar,
como los metales se diluyen el plomo.
 los caminos, a pie del suelo, van levitando,
sobre una frágil espuma,
creciendo bajos nuestros pies,
soportando, nuevamente, el huracán,
dos costillas que se matan, donde no llega
los cuatros ojos amados dimanante
de las lejanas montañas imperceptibles.
La vida continua con el temido
bramido del tambor
de nuestro naufragio,
divisándose el corcel engalanado,
haciendo cabriolas, desde esa loma
que domina toda la pradera.
IV
Sangre diminuta,
que, sin padre, sin madre quedó,
donde va naciendo mi muerte,
dando pasos sin destino a encontrar,
extinta la pasión de mi nacimiento,
caminando vamos hacia un éxodo,
bajo el peso de la historia, que
no supimos descifrar,
donde ahora nos golpea
con inhumano furor,
todo es caos,
todo son golpes,
todo ello es la huida sin fin,
que dejar tus nombres atrás,
perdiendo tu botijo,
tus cánticos,
huyendo,
y una cuchilla antigua atada
a una guadaña enferma
retornando tu deseo
y tu navaja antigua atada a tu hoz enferma,
preso de la cólera de matar el corcel negro,
mas yo solo no puedo con él, todo va
camino de la consunción
en atención a la cabalgadura que me sigue
y potro que me espera!
¡Escuchadme que estoy llorando!
encontrar argumentos para mi esperanza,
y, sin embargo, es lo único que me fortalece
como ser humano.

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